La relación entre madre e hija es una relación difícil. Suele componerse de altibajos, momentos de cercanía y momentos de alejamiento, momentos de disputa y momentos de hacer las paces.
En definitiva, a las mujeres nos afecta cómo estemos con nuestra madre. No en vano, “le debemos la vida” y esa deuda suele tener contraprestaciones, a veces excesivas para nosotras, sobre todo cuando son inconscientes.
Se trata de una de las relaciones fundantes de nuestra personalidad junto con la del padre pero a diferencia de la que se mantiene con él, madre e hija comparten el mismo sexo femenino. Este fenómeno va a producir un plus de ambivalencia dada la rivalidad de género que aparecerá con ella.
Complejidad de la relación que mantiene una madre y una hija
Voy a retratar a continuación, mediante unas escenas evolutivas, de manera que puedan hacernos intuir y comprenderla, la relación que mantienen una madre y una hija:
- En un primer momento:
Cuando es muy pequeña, la relación con la madre es dual, igual que sucede si el bebé es un varón. La niñita es amante de la madre y la madre está muy pendiente de la pequeña. El mundo está hecho de mamas y bebes para la niñita. El padre jugará un papel fundamental pero en un lugar tercero, como pareja/marido de la madre.
Es la época dónde la niñita transporta continuamente en su carrito a su bebe muñeco, ejercitando activamente con él lo que ella vive pasivamente con su madre. Aquí nace el molde de la futura mamá que será esa niñita en el futuro, mediante las identificaciones con ella.
- En un segundo momento:
La niña comenzará a comportarse como un varoncito hacia la madre y con respecto a los demás niños. La niña sigue en una relación amante con la madre, pero ahora es muy activa y la corteja, la cela respecto del padre. Comienzan a nacer sentimientos de rivalidad hacia el padre y ambivalentes hacia la madre, que se ocupa del padre y de otros intereses que no son ella misma. Nacen también sentimientos de inferioridad producidos por las heridas narcisistas de no ser escogida. La niña interpreta que la madre escoge al padre porque es varón y la hará culpable de no haberla hecho a ella varón, sintiéndose en inferioridad de condiciones con respecto al otro sexo. Comienzan los sentimientos de resentimiento hacia la madre y de envidia hacia las mujeres que llaman la atención de los varones.
- En un tercer momento:
Cada vez, el padre irá adquiriendo un papel más importante. Las actitudes hostiles de las niñas pequeñas hacia su madre alcanzan la plenitud y comienza la puesta en acción de estrategias de seducción hacia todo familiar varón que aparezca por casa, sea el padre, un tío, un amigo, casi como revancha hacia la madre. Es la época en la que aparecen las escenas de maquillaje, las niñas utilizan vestuario femenino adulto, se pintan las uñas. La rivalidad en su conducta externa implica una gran ambivalencia de sus sentimientos en su interior.
Todas estas secuencias de sentimientos quedarán soterradas en el inconsciente de la niña.
El padre aliviará la tensión de esta relación madre hija durante toda la infancia, siendo el motor de la separación de ambas. De esta manera la hija podrá hacer su vida fuera del hogar doméstico, y podrá trasladar su amor a otros objetos externos que no serán ni su padre ni su madre.
La madre es polo de identificaciones y amor y también es motor de rivalidad y odio. Por ese motivo, la relación con la madre quedará determinada de forma inconsciente por la deuda que genera su amor y su entrega y por el odio que genera la rivalidad con ella.
Esta amalgama de sentimientos y emociones conforman esa relación, conocerla puede generar un pacto de paz no sólo con la madre sino con la propia feminidad y con nuestra subjetividad.
Aclaración: Es importante aclarar que madre y padre son funciones: función materna y función paterna y que no dependen del sexo de quién las ejecute.
Susana Gracia, psicóloga en Barcelona
